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viernes, 22 de julio de 2016

De Guayaquil a Cuenca: una cuesta hacia las nubes.

Por la ventanilla del bus el paisaje llano da lugar a las montañas, al cabo de un rato comenzamos a subir por las laderas y el precipicio se abre alrededor. Como un agujero negro, parece atraerte. De tanto en tanto, carteles señalando zonas de derrumbes, pequeñas cruces inscriptas con nombres de personas y la aparición de un gigantesco colchón de nubes a la altura de las ruedas del bus, son testigos de la peligrosidad de este camino sobre el cielo.
En Mirador Turi. Sostengo la GoPro. Cuenca al fondo.
Rodeada de montañas y ubicada a 2500 msnm, se ubica Cuenca, que con 330 mil habitantes, es la tercera ciudad del país. Fundada hace 500 años, sus edificaciones céntricas revisten antiguedad. El río Tomebamba la atraviesa. La ciudad es espléndida pero su belleza por momentos se insinúa más de lo que se ve. Existen remodelaciones para poner en funcionamiento el tranvía y las calles están en plena reconstrucción.
Al llegar, ingresamos al centro de atención al turista ubicado en la propia terminal de ómnibus. Averiguamos hostales disponibles que se ajusten a los requerimientos del grupo y actividades para hacer en Cuenca. Nos atienden gentilmente, nos llevamos un plano de la ciudad y nos dirigimos a la salida.
El taxi nos deja a una cuadra del recomendable hostal Colonial -nuestro alojamiento-, dado que la calle está cortada por las obras. Por 60 dólares -precio total-, alquilamos una cómoda habitación para los 4, con baño privado, agua caliente y wifi.
El mirador Turi corona la ciudad en lo alto de un cerro ofreciendo una vista fascinante. Hasta allá fuimos, tomamos fotos, filmamos videos y compramos algunos regalos.
Por la noche cenamos y sin quererlo, terminamos en un karaoke muy alegres. Si vienen a Ecuador alguna vez y piensan salir de noche, ingresar a bares, karaokes, pubs o discotecas, nunca lo hagan sin el documento de identidad. La policía controla bastante y los dueños de los locales serán inflexibles en cuanto a esta exigencia, sin importar la edad del interesado en ingresar al lugar.
Un paseo obligado en Cuenca consiste en la visita al Parque Nacional de Cajas, un espectacular paraje andino con lagunas rodeadas de montañas.
Para llegar, en la terminal de buses se compra un boleto por 2 dólares en el local de la empresa Cooperativa Universal. Luego de una hora de viaje se llega al lugar. Hay que llevar abrigo porque hace frío.
En el trayecto en bus encontramos unas muchachas alemanas que viajan desde hace meses por Latinoamérica, hablan muy bien el español y resulta muy gracioso escuchar a una decir "guachín" cuando le toca el turno al lunfardo porteño en la charla sobre maneras de hablar el español de los americanos. Son simpáticas, buscan charlar y mi amigo Brian les ceba mate animadamente.
Hay mal tiempo en el Cajas. Está cubierto, llueve, hace frío y la altura es de 3900 msnm. A pesar de ello ponemos buena cara y descendemos del bus para registrarnos e iniciar el recorrido por el parque. La entrada es absolutamente gratuita. Las instalaciones cuentan con una oficina por la que todos los visitantes deben pasar obligatoriamente para registrarse, restaurante y baños.

Para Brian y para mi, la escasez de oxígeno en la altura no era un fenómeno desconocido. Pero Martín y Sebastián no la habían experimentado hasta llegar a Cuenca. Si bien la altitud de la tercera ciudad del Ecuador puede afectarte, ninguno de nosotros la sintió. En cambio, en el Cajas las cosas cambiaron un poco. Escasos pasos a través de pequeñas cuestas o escalones, supusieron un reto mayor, finalmente sorteado con buen suceso por todos.
Caminando entre las piedras en el Cajas.
Caminamos por una pequeña parte del parque, tomamos fotografías e hicimos videos de las montañas nubladas y de lagunas como la enorme "Toreadora".
A pesar de la belleza incuestionable de este paraje natural, no deja de acecharme la idea de que en un día limpio de nubes y de resplandeciente sol, la belleza le abriría el telón al paraíso.
Al regreso del Cajas, por 9 dólares -por persona-  compramos boletos para Ambato, a 6 horas de viaje en bus desde Cuenca.
Nuestro próximo destino es la localidad de Baños de Agua Santa, conocida como la puerta de "El Dorado", una antigua y mítica ciudad llena de oro -¿real?- cuya búsqueda desveló a los conquistadores.
En el Cajas, con la laguna Toreadora detrás.

Baños es una pequeña localidad ubicada entre la sierra y la selva, al pie del amenazante volcán -activo- Tungurahua. Pero para llegar allí, primero debemos ir a Ambato. Sería un viaje incómodo y peligroso que nos situó en una situación de tensión que más adelante describiré.
Cerca de Ambato, Baños y el Tungurahua , una de las montañas más altas de América y el punto más alejado del centro de la Tierra, vigila el área. Es momento de ir en búsqueda del imponente Chimborazo.
Solo espero lograr el permiso de las nubes para ver al gigante.
Martín toma la foto mientras nosotros tres caminamos por una céntrica plaza.





martes, 19 de julio de 2016

Del frío montevideano al calor guayaquileño.

A través de la ventanilla circular del avión, los afilados picos nevados de los Andes parecían tan cerca que creí posible tocar sus blancas cumbres con la punta de mis dedos. Fueron el principal atractivo de una larga y agotadora jornada de viaje que incluyó una escala en la nublada capital chilena. Allí descendimos e hicimos cambio de avión para embarcarnos rumbo al destino final del periplo e inicio de nuestro verdadero viaje: la ciudad de Guayaquil, la urbe más grande del Ecuador.
Hemiciclo de la Rotonda, monumento a Bolívar y San Martín.

Tras un pasaje tranquilo por las cercanas montañas, la voz del capitán del vuelo anunció, previo al descenso en tierra chilena: "Santiago está cubierta", y en efecto, nada pude ver. No había visibilidad. Ni una sola casa o edificio: la principal ciudad del país trasandino permaneció oculta todo el tiempo. Habitualmente existe en los alrededores de esta metrópoli un importante problema de contaminación atmosférica, agravado por el hecho de que la ciudad está encerrada por la cordillera andina, barrera frecuente para el tránsito de vientos que puedan despejar la bruma.


En Guayaquil hace calor en julio...bueno, en realidad durante todo el año. Está ubicada en la provincia de Guayas en un llano próximo al océano Pacífico. En Santiago había 7 grados, en Montevideo era similar. Al salir del aeropuerto de Guayaquil el calor nos abrasó -sí, con "s"-, la gente andaba con remeras de manga corta, bermuda o short, falda y chinelas o sandalias.
Volando sobre Los Andes.
El país tiene grandes contrastes climáticos a pesar de ser pequeño. Se puede pasar en cuestión de pocos kilómetros del calor al frío o de la sequedad al tiempo lluvioso. Es la consecuencia de la latitud en la que se emplaza el país, y de contar con 3 regiones bien diferentes como son la costa, la sierra y la selva.
Letrero de la ciudad. Al día siguiente estaban pintando vivos blancos sobre el celeste, representando los colores de Guayaquil.
Nos alojamos en el Manso Boutique Hostal, un económico y confortable alojamiento ubicado en el área del Malecón, un prolijo barrio de la ciudad. Posee una rambla próxima al río Guayas con vista a la isla Santay. Restaurantes, plazoletas de juegos, espacios verdes, iluminación y pulcritud, sin duda este lugar es parte de la mejor imagen que Guayaquil tiene para ofrecer.
Notamos limpieza en las calles, la basura se clasifica y las iguanas andan por la vereda de la plaza que lleva su nombre cerca del Malecón. Estos reptiles trepan a los árboles y si estás desprevenido puede lloverte orina, heces o podrías pisarlos si están en el suelo. Son inofensivos y pese a que se insta a las personas a evitar tocarlas, le acaricio el lomo a una que pasa junto a mis pies. El animal patea mi mano con una de sus extremidades traseras.
Me acerco a una iguana.
Recorremos las calles de la ciudad preguntando cosas y hablando con la gente. Entramos a un museo donde se exhibe la labor de una artista que realiza esculturas de gente real, cada una con una pequeña biografía que la acompaña al pie. Leyendo, se pueden desentrañar las vivencias que determinaron la historia de vida de cada una de estas personas de orígen humilde. Todas cuentan "la carga" que llevan, tal como señala el título de esta bonita obra.
Escultura de "La Carga".
El sistema de transporte merece una distinción especial con el metrobus, una suerte de híbrido entre tren y bus que realiza recorridos líneales que unen puntos distantes de la ciudad. Es una forma rápida y económica de movilizarte por una ciudad realmente enorme. Puedes obtener en alguna de las estaciones, una tarjeta por 4 dólares y realizar varios viajes con ella o, pedirle a algún pasajero local que amablemente te marque su tarjeta en un  dispositivo ubicado en la estación, mientras simultáneamente arrojas 1 dólar en esa máquina, para devolverle lo adeudado. Con 1 dólar pagamos un pasaje para los cuatro. No tenía sentido comprar la tarjeta puesto que solo pensábamos hacer un viaje hasta un sitio llamado Las Peñas.
Una iguana en la plaza que lleva el nombre de estos reptiles.

Este peculiar lugar que recién citaba, Las Peñas, se ubica en el cerro Santa Ana. Es otro de los atractivos de la ciudad. En las faldas del cerro hay caseríos, locales de comida y música. Parte de la vida nocturna de Guayaquil encuentra albergue aquí. Tras un ascenso a lo largo de 444 escalones se llega a la cima. La misma se haya coronada por un bello mirador desde el que se puede obtener una maravillosa vista de la ciudad. Martín, enfundado en los colores del Club Nacional de Football y aquejado por el vértigo, no subió y fue víctima de las bromas pertinentes. Burlas que asociaron picaresca y rápidamente ambas cuestiones para explicar el "no ascenso" de nuestro querido amigo.
Atardecer en Guayaquil.

Mientras Sebastián y Martín aprovechaban para conocer otras partes de la ciudad como el estadio del Barcelona local, Brian y yo descansamos un poco en el Manso. Al caer la tardecita aprontamos un mate y salimos al Malecón. Nos encontramos de pronto en un almacén comprando helados y explicando a una pareja local el ritual del mate, observado con extrañeza y evidente curiosidad. Entre risas, con errores de parte del hombre -había entendido que debía traer un vaso cuando en realidad le pedía agua caliente para cebarle uno porque a mi se me había acabado-, les enseñamos a tomarse un mate.
En lo alto de Las Peñas. Vista de la ciudad desde cerro Santa Ana.