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sábado, 23 de julio de 2016

En la avenida de los volcanes: la loca carrera de Cuenca a Ambato

Me despierto sobresaltado en la madrugada. Recuerdo que voy en bus rumbo a Ambato. Hay alarma en el ambiente y se oyen algunos gritos. Un grupo de pasajeros está muy molesto: "¡oiga!, nos vamo´ a matar pal carajo!", le espeta una mujer al conductor. Observo el pequeño letrero electrónico, miro hacia afuera y al final comprendo, el bus ha pasado largamente el límite de velocidad y disputa una peligrosa carrera por una ruta zigzagueante. La noche es negra y no veo el paisaje, pero estamos en un país montañoso circulando por carreteras en la parte de sierra ecuatoriana. Aventuro que el camino es peligroso. Ante la falta de respuesta del temerario conductor, algunos de los furiosos pasajeros irrumpen en su cabina, y luego de hablar con él en términos poco amigables, logran que aminore la marcha. Mi amigo Sebastián grita con su inconfundible acento rioplatense: "¡Queremo´ llegar nomá! Se escuchan sonidos aprobatorios del resto de la gente. Sebastián, que iba al lado mio, no logró conciliar el sueño con facilidad. En mi caso, solo me despertó el griterío. Me tensioné al ver lo que sucedía pero al mismo tiempo, me resultó como una suerte de "deja vu". Había vivido situaciones similares en Bolivia y Perú el año anterior.
Viendo hacia el valle. El Tungurahua nublado al frente. Baños, debajo.
Llegamos finalmente, sanos y salvos, a Baños de Agua Santa -llamada así por la existencia de aguas termales con supuestas cualidades curativas-. En Ambato tomamos un nuevo bus hasta allí. Nos alojamos en el muy buen hostal "Elvita", próximo a la terminal. Pagamos una habitación familiar para 6 personas a un costo de 45 dólares en total. Era solo para nosotros 4.
Vista del valle desde la carretera.
La ciudad es pequeña y está encajada en un valle verde entre las montañas. Si uno camina por sus calles e ingresa a algunos locales, ve mapas enormes de la ciudad con el volcán Tungurahua coronándola. Me recuerda a la "montaña solitaria" de las obras de literatura fantástica de Tolkien, solo falta que el dragón Smaug salga del volcán escupiendo fuego a través de sus fauces. Los planos muestran las vías de evacuación de la ciudad en caso de actividad del volcán.
Ubicado en plena "avenida de los volcanes" -expresión acuñada por Von Humboldt en su pasaje por aquí-, Tungurahua viene del quechua y significa "ardor de garganta". Se activó en 1999 generando una importante erupción. Las manifestaciones del volcán no han cesado de evidenciarse desde entonces. En el 99 se generó inclusive la evacuación de la población durante el lapso de un año. La agricultura y la actividad turística, pilares en la economía de la zona, fueron severamente perjudicadas por aquél entonces.
Ahora, este coloso está nublado y su apreciación resulta difícil. Luego de preguntar a los locales, dejar pasar las horas y recorrer el valle en camioneta, la silueta del volcán empezó a divisarse en el horizonte detrás de las nubes. Es enorme e intimidatorio.
Calle de Baños que da a la estación de buses.
En la tarde del día en que llegamos a Baños recorrimos callecitas, mercaditos y nos fuimos en "chiva" -un pintoresco vehículo local que no es más que un camión tuneado-, y luego en camioneta a la casa del árbol, ubicada montaña arriba. Subimos a lo alto de la casa, que es un mirador en realidad. Al bajar, me dispuse a hacer fila para tomar parte de la principal atracción del lugar: el columpio del fin del mundo.
Dos mujeres charlan en una esquina. Una de ellas parece notar que se le está tomando una foto. Creo que no le agradó mucho.
Se trata de una hamaca sujetada a una de las ramas del árbol en donde está la casa, ubicada al borde de un precipicio de interminables metros. Aparentemente seré el único en hacerlo porque mis amigos aún no bajan. Tampoco conozco si tienen intenciones de seguir las mias. Cuando pasan los minutos y no los veo descender de la casa del árbol mientras se aproxima mi turno de columpiarme, solo aguardo a que bajen para registrar el momento. Siento tensión y algo de ansiedad. En mi cerebro, el hemisferio izquierdo me dice que me salga de la fila pero el derecho me ancla al piso y no me muevo...
El Tungurahua, hacia la tardecita. Mucho más despejado. Foto tomada en Ambato e inmediaciones.

viernes, 22 de julio de 2016

De Guayaquil a Cuenca: una cuesta hacia las nubes.

Por la ventanilla del bus el paisaje llano da lugar a las montañas, al cabo de un rato comenzamos a subir por las laderas y el precipicio se abre alrededor. Como un agujero negro, parece atraerte. De tanto en tanto, carteles señalando zonas de derrumbes, pequeñas cruces inscriptas con nombres de personas y la aparición de un gigantesco colchón de nubes a la altura de las ruedas del bus, son testigos de la peligrosidad de este camino sobre el cielo.
En Mirador Turi. Sostengo la GoPro. Cuenca al fondo.
Rodeada de montañas y ubicada a 2500 msnm, se ubica Cuenca, que con 330 mil habitantes, es la tercera ciudad del país. Fundada hace 500 años, sus edificaciones céntricas revisten antiguedad. El río Tomebamba la atraviesa. La ciudad es espléndida pero su belleza por momentos se insinúa más de lo que se ve. Existen remodelaciones para poner en funcionamiento el tranvía y las calles están en plena reconstrucción.
Al llegar, ingresamos al centro de atención al turista ubicado en la propia terminal de ómnibus. Averiguamos hostales disponibles que se ajusten a los requerimientos del grupo y actividades para hacer en Cuenca. Nos atienden gentilmente, nos llevamos un plano de la ciudad y nos dirigimos a la salida.
El taxi nos deja a una cuadra del recomendable hostal Colonial -nuestro alojamiento-, dado que la calle está cortada por las obras. Por 60 dólares -precio total-, alquilamos una cómoda habitación para los 4, con baño privado, agua caliente y wifi.
El mirador Turi corona la ciudad en lo alto de un cerro ofreciendo una vista fascinante. Hasta allá fuimos, tomamos fotos, filmamos videos y compramos algunos regalos.
Por la noche cenamos y sin quererlo, terminamos en un karaoke muy alegres. Si vienen a Ecuador alguna vez y piensan salir de noche, ingresar a bares, karaokes, pubs o discotecas, nunca lo hagan sin el documento de identidad. La policía controla bastante y los dueños de los locales serán inflexibles en cuanto a esta exigencia, sin importar la edad del interesado en ingresar al lugar.
Un paseo obligado en Cuenca consiste en la visita al Parque Nacional de Cajas, un espectacular paraje andino con lagunas rodeadas de montañas.
Para llegar, en la terminal de buses se compra un boleto por 2 dólares en el local de la empresa Cooperativa Universal. Luego de una hora de viaje se llega al lugar. Hay que llevar abrigo porque hace frío.
En el trayecto en bus encontramos unas muchachas alemanas que viajan desde hace meses por Latinoamérica, hablan muy bien el español y resulta muy gracioso escuchar a una decir "guachín" cuando le toca el turno al lunfardo porteño en la charla sobre maneras de hablar el español de los americanos. Son simpáticas, buscan charlar y mi amigo Brian les ceba mate animadamente.
Hay mal tiempo en el Cajas. Está cubierto, llueve, hace frío y la altura es de 3900 msnm. A pesar de ello ponemos buena cara y descendemos del bus para registrarnos e iniciar el recorrido por el parque. La entrada es absolutamente gratuita. Las instalaciones cuentan con una oficina por la que todos los visitantes deben pasar obligatoriamente para registrarse, restaurante y baños.

Para Brian y para mi, la escasez de oxígeno en la altura no era un fenómeno desconocido. Pero Martín y Sebastián no la habían experimentado hasta llegar a Cuenca. Si bien la altitud de la tercera ciudad del Ecuador puede afectarte, ninguno de nosotros la sintió. En cambio, en el Cajas las cosas cambiaron un poco. Escasos pasos a través de pequeñas cuestas o escalones, supusieron un reto mayor, finalmente sorteado con buen suceso por todos.
Caminando entre las piedras en el Cajas.
Caminamos por una pequeña parte del parque, tomamos fotografías e hicimos videos de las montañas nubladas y de lagunas como la enorme "Toreadora".
A pesar de la belleza incuestionable de este paraje natural, no deja de acecharme la idea de que en un día limpio de nubes y de resplandeciente sol, la belleza le abriría el telón al paraíso.
Al regreso del Cajas, por 9 dólares -por persona-  compramos boletos para Ambato, a 6 horas de viaje en bus desde Cuenca.
Nuestro próximo destino es la localidad de Baños de Agua Santa, conocida como la puerta de "El Dorado", una antigua y mítica ciudad llena de oro -¿real?- cuya búsqueda desveló a los conquistadores.
En el Cajas, con la laguna Toreadora detrás.

Baños es una pequeña localidad ubicada entre la sierra y la selva, al pie del amenazante volcán -activo- Tungurahua. Pero para llegar allí, primero debemos ir a Ambato. Sería un viaje incómodo y peligroso que nos situó en una situación de tensión que más adelante describiré.
Cerca de Ambato, Baños y el Tungurahua , una de las montañas más altas de América y el punto más alejado del centro de la Tierra, vigila el área. Es momento de ir en búsqueda del imponente Chimborazo.
Solo espero lograr el permiso de las nubes para ver al gigante.
Martín toma la foto mientras nosotros tres caminamos por una céntrica plaza.





jueves, 3 de diciembre de 2015

Una travesía por la cornisa en las alturas de los Andes.



Las cruces se amontonan sobre el borde de la serpenteante ruta colindante con el abismo, durante buena parte de las siete horas de viaje en combi a través de esta anfractuosa vía. Un mínimo desvío del camino de esta carretera de un solo carril en dos sentidos nos haría caer al vacío, y quién sabe cuándo nos sacarían de ahí abajo, si es que se molestaban en ir a buscarnos.
En algunas carreteras bolivianas y peruanas perduran todavía carrocerías de autos, e incluso restos humanos abandonados en lo profundo de algunas de estas enormes grietas que dejó el levantamiento andino. Es una experiencia vertiginosa que puede poner los pelos de punta.
En mi regreso a Machu Picchu, decidimos poner un toque de aventura por puro placer, en respuesta a lo caro que resulta pagar a una agencia para realizar el camino del Inca. Descartamos llegar en tren -la vía de acceso en mi primera oportunidad- porque también es costoso, además de carente de emociones para dos treinteañeros con ansias de explorar.

Pagamos el pasaje a una de las tantas agencias que hay en las galerías de Plaza de Armas, y la combi fue a buscarnos temprano al día siguiente por el hostel Dragonfly. Había pasajeros de muchas partes del mundo: asiáticos, europeos, y nosotros dos, los uruguayos.
Con la cámara filmamos algunos videos interesantes que retratan las sensaciones que experimentamos durante este viaje que unía Cusco con la ciudad de Santa María, y ésta última con Santa Teresa, para luego iniciar una caminata de 10 km desde una represa hidroeléctrica hasta Aguas Calientes, o "Machu Picchu Pueblo", una localidad turística con aguas termales al pie del sitio sagrado de los Incas.
Al salir de Cusco el camino comenzó a ponerse escabroso y nuestro chofer parecía empeñado en adelantar vehículos. Conducía a una velocidad que nos pareció desmedida dadas las condiciones del terreno. Entiendo perfectamente que estos conductores están habituados a hacer esto todos los días, pero eso no impide que la adrenalina se apodere de mis sentidos. Es una sensación real. Te puedes caer. Y en este lugar, no tienes el control, como nos pasaba en camino a los Yungas en Bolivia, donde íbamos en poder de una bicicleta amos y señores de nuestros destinos. Aquéllo nos brindaba más seguridad, ahora dependíamos de otro.

El paisaje es bellísimo, verdes montañas, pared de cientos de metros de roca a un lado, abismo al otro, saltos de agua que caen de las laderas, improvisados puentes de una madera que parecía suelta, puestos para sortear algún pequeño río que baja serpenteando desde la montaña.
Cuando por momentos te cansas de la adrenalina que te pone al límite después de tanto zigzaguear al borde del vacío, y te dan deseos de bajarte y abrazar la "seguridad" de la pared de la montaña, aparece al pie de ésta un cartelito que reza: "Peligro, zona de derrumbe", desbaratando tus ilusiones e inyectándote más adrenalina.
Nuestro intempestivo chofer daba bocinazos en las curvas en U, con el precipicio y las nubes ladeando las ruedas de la combi. Realmente debo decir que tocar la bocina es la única forma en esas curvas, de dar a conocer a algún eventual conductor que circule en sentido opuesto, que el vehículo se aproxima.
El tramo inicial hasta Santa María fue tremendo. Subiendo las montañas y bordeando los precipicios. Llegamos a Santa Teresa para almorzar y pensamos que el siguiente tramo hasta la hidroeléctrica sería más tranquilo. Otra ilusión al tacho de basura. El recorrido final fue aún más duro, manteniendo las condiciones del trayecto anterior, pero esta vez en una carretera de piedras finas y sueltas. La ruta asfaltada había quedado atrás y ahora el camino era de pedregullo.
Llegamos por fin a la hidroeléctrica después de sortear un improvisado puente de madera que parecía realmente muy frágil. Tanto, que generó temor previo en los presentes.  Al ver hacia donde nos dirigíamos para cruzar el río que corría debajo, se escuchó una reacción generalizada: "¡¡nooo!!" No importaba el idioma del pasajero, la expresión de negación que ocultaba el pánico era universal.

Caminamos al lado de las vías del tren, entre el verde de la vegetación, las montañas y el río lindero, desde la represa hasta Aguas Calientes, llegando con la caída del sol a Machu Picchu Pueblo, en donde nos alojamos en un lugar que conocía Elena.

Al día siguiente, en otra jornada envuelta en sucesos inesperados, subiría por segunda vez a Machu Picchu, y también, enfrentaríamos el ascenso a la montaña de reputación peligrosa: el Huayna Picchu.





Puente, camino a Aguas Calientes.

viernes, 18 de septiembre de 2015

En bicicleta por la carretera más peligrosa del mundo.


Las puntiagudas cumbres de los Andes se levantaban a nuestro alrededor para terminar hundiéndose en un abismo de varios cientos de metros al borde de la carretera por donde transitábamos. A medida que salíamos de La Paz con rumbo el este, el terreno se volvía más escabroso.
Muchas de las carreteras en Bolivia y Perú están talladas en las laderas de las montañas, siendo realmente muy peligrosas.
Sector en donde comenzamos a probar el equipo (bici, casco, etc.). No es la carretera de la muerte aún.
El Camino a Los Yungas o popularmente conocido como "ruta o camino de la muerte" es una de las carreteras más peligrosas del mundo. Según algunas entidades como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la más peligrosa. Une las ciudades de La Paz -en pleno altiplano boliviano- y Coroico, ubicada al este ya en la entrada de la selva boliviana.
Se trata de una ruta de aproximadamente 80 km de tierra y piedras sueltas, con un trazado sinuoso que va en descenso, de curvas muy cerradas y donde a un lado del camino está la "seguridad" de la pared rocosa de la montaña, mientras que al otro, existe una gran caída que realmente impresiona. No hay guardarraíl ni nada que evite una caída al vacío de perder el dominio de un vehículo hacia esa dirección. Actualmente se utiliza una ruta nueva y más segura para que el gran tráfico realice el recorrido entre La Paz y Coroico, por lo que el "camino de la muerte" es usado por menos personas, incluídos aventureros en bicicleta como nosotros.

Transitando por una carretera asfaltada nos detuvimos en un punto a cierta distancia de La Paz. Descendimos de la camioneta, bajamos las bicicletas y nos pusimos el equipo: casco, rodilleras, coderas y el traje. Las bicicletas tenían buena suspensión y las ruedas se afianzaban lo necesario en el suelo, así que tomé confianza.
Comenzamos a recorrer camino por esa carretera asfaltada para probar el equipo y la bici. Hacía frío aunque el nocivo sol del altiplano ya empezaba a ascender por el firmamento.
La grúa intentando sin suerte traer el camión.

Increíblemente, momentos antes de empezar a recorrer nuestro destino noté un tumulto al costado de la ruta. Al acercarme veo un grupo de gente al borde del barranco mirando hacia abajo con naturalidad, como quien se encuentra con los vecinos en el almacén de la esquina a media mañana para charlar del clima, de la situación política o del partido del fin de semana.
El camión...
Comenzaba el recorrido.
Al lado, una grúa procuraba sin éxito alcanzar un camión que se había caído. Me asomé al precipicio y no alcancé a divisar el vehículo. Sin darle mucha relevancia al asunto me subí nuevamente a la bicicleta y con un atisbo de inconsciencia, retomé lo que venía haciendo como si nada.
Al borde de una fea caída.

Avanzamos hasta un punto en donde la carretera se bifurcaba. A la izquierda continuaba la carretera asfaltada o camino nuevo. A la derecha aparecía un estrecho sendero de piedras que doblaba a la izquierda perdiéndose tras la pared de la montaña, por lo que no se veía nada más, excepto las nubes, al nivel de los pies. Era el comienzo del "camino de la muerte".
A la izquierda, camino nuevo. A la derecha, "Death Road".
Así lo constataba el letrero colocado al pie del sendero.
Aquí, hasta 2006, morían entre 100 y 150 personas al año, luego el comienzo del uso de la carretera nueva hizo disminuir esa cifra a 30 o 40. En algunos puntos la caída llega a ser de hasta 800 metros.
Sin conocer estos últimos datos emprendimos el recorrido.
Hay cerca de un kilómetro de caída en el punto más profundo.

El paisaje que rodea el camino es realmente imponente si te atreves a mirar. Pero si algo aprendí de forma rápida, por pura intuición, fue a mantener la vista en el terreno. También la mente y las ideas. Nada había en mis pensamientos por fuera de ese sendero de tierra y piedra en bajada con curvas de hasta 180°. De tanto en tanto, divisaba cruces a mis pies. Un recordatorio permanente en la travesía de los que no volvieron. Debía prestar atención. Ya habría tiempo para otear el paisaje durante las paradas que hacíamos para tomar fotos y esperar a los que venían detrás.
Hacer el trayecto a lo largo de unos 60 km no es exigente físicamente, debido al descenso casi permanente. La dificultad radica en controlar la bicicleta debido a la velocidad que toma. Este inconveniente se agudiza tomando en cuenta las condiciones de la ruta, escarpada y zigzagueante. La velocidad, conjuntamente con las curvas y piedras del camino, hicieron que estuviera a punto de perder el control de la bicicleta en dos oportunidades, aunque afortunadamente siempre para el lado de la pared de la montaña. Alcancé -a duras penas en ambos casos-, a controlar la bicicleta y mantener el equilibrio.
La indicación que nos dio el guía antes de comenzar fue que nos mantuviéramos a la izquierda de la carretera, del lado del abismo, porque los vehículos que podían venir de frente, circulaban del lado de la pared de roca cubierta de vegetación. Me dije para mis adentros "ni loco". Así que rompí el mandato y me moví siempre del lado de la pared o por el centro de la carretera de la muerte. Pensaba "si viene un camión de frente y solo lo veo al doblar una curva cerrada, ya veré que hago".
El ancho de la carretera es muy reducido. Y es doble vía...

Al finalizar el trayecto, más de 60 kilómetros más abajo, rodeado de un paisaje selvático muy diferente al del inicio del recorrido, experimenté el mismo nivel de satisfacción que de alivio. Lo había logrado. Tenía una historia increíble para contar a mi regreso.
Soy el de más atrás. Me acerco temeroso al borde en una de las curvas más icónicas de la carretera de la muerte.